Apenas recorrido un corto tramo, apareció una larga fila de vehículos. El conductor anunció que pasaría a La Parva a recoger a dos pasajeros. Me dieron ganas de reclamar, porque no era justo retrasar el viaje por culpa de dos tontitos que no respetaron el compromiso de abordar el bus en el mismo punto donde nos dejó. Pero nada sacaba, y pensé que no sería raro que hubiesen pagado por el regloneo. Debido a la congestión, el desvío tomó una hora. Seguía nevando, y comenzaba a oscurecer. La fila de vehículos avanzaba unos metros y se detenía por un largo rato. Algunos pasajeros se bajaban del minibus y caminaban un rato al lado, para estirar las piernas. Preferí mantenerme adentro, a pesar de tener el poto molido de estar casi todo el día sentado, pero era preferible al frío extremo y la nieve. Por el lado pasaban vehículos de emergencia, lo que indicaba a las claras que más adelante habían accidentes. Algunos peatones (probablemente gente del sector) ayudaba a los automovilistas, dándoles indicaciones de lo que había más adelante. Yo me saco el sombrero ante ellos, porque hay que tener temple de acero para estar caminando en plena nevazón. A pesar que el uso de cadenas era obligatorio, había autos que no las tenían, seguramente sus dueños presumían de sus vehículos. Pero por muy poderoso que sea un automóvil, en esa superficie ninguna rueda tiene adherencia. Durante el trayecto vi como un 4x4 sin cadenas, inicialmente detenido, comenzó a resbalar sin control y no pudo evitar colisionar al vehículo que estaba adelante. Seguramente lo mismo debe haberse repetido en las curvas de descenso, y bastaba un accidente para obstaculizar toda la vía.
Más de tres horas tardamos en llegar a Farellones (un trayecto que no debe haber tomado más de 10 minutos en el viaje de ida). Todavía faltaba bajar las cuarenta curvas. Eso sí que daba miedo. A pesar que el flujo vehicular era un poco más expedito, había que bajar con sumo cuidado. En varias curvas vi autos abandonados, atascados por la nieve. Conducir con nieve debe ser la prueba de fuego para un conductor profesional.
Cuando terminamos de bajar, los relojes marcaban cerca de las 23:00. Llegamos a la agencia unos 20 minutos después, para abordar rápidamente un taxi a la casa. Yo llegué a la mía pasada la medianoche. Habíamos estado viajando un trayecto de unos treinta kilómetros en seis horas.
Si bien es cierto el mal tiempo nos jugó chueco ese día, este percance nos hizo vivir una aventura que yo jamás me había imaginado y que sin duda perdurará en nuestros recuerdos.
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viernes, agosto 17, 2007
Aventuras en la cordillera nevada II
El minibus comenzó a subir las cuarenta curvas, y en cada una de ellas, aparecía más montaña, y más nieve. De pronto, como a medio camino, el tránsito se volvió lentísimo. Se divisaba una gran fila de vehículos. Claro, mucha gente aprovechó el buen día para ir a esquiar.
De pronto el chofer advirtió que en Santiago se estaban formando grandes nubosidades. ¿Llegarían hasta acá? No quise pensar mucho en eso.
Hasta que llegamos a El Colorado. Una vez abajo, comencé a tomar fotografías, mientras Fran reportaba nuestro feliz arribo. Descubrí rápidamente que estando al sol, no se sentía frío. De modo que nos instalamos en unas mesas al aire libre, con vista a los andariveles. Estaba realmente repleto de esquiadores. Me dieron ganas de tomar un café, pero mil pesos por un mugroso Nescafé me pareció un robo. Pronto me di cuenta que todo lo que se vendía costaba el doble que en Santiago. Fue buena idea haber traído alimentos.
Las nubes comenzaron a subir. Rápidamente seguí tomando fotos. Hasta que empezó a nublarse.
Adelantamos nuestro "almuerzo". Sin embargo, ya sin sol, decidimos entrar a refugiarnos.
Pasaba el tiempo, y afuera la situación se ponía peor. De pronto se perdió de vista la punta de la montaña, hasta que llegó una neblina. Y comenzó a nevar.
Faltaba mucho para las 17, que era la hora de partida del transporte. Salí al balcón a tomar fotos. Estaba muy frío. Tuve que entrar. Y pedir un café. Afuera los esquiadores seguían encaramándose a las telesillas.
Hasta que por fin llegó la hora y nos subimos al minibus. En ese momento sólo pensábamos en el fin de nuestra aventura y volver pronto. Sin embargo, la real aventura recién comenzaba...
De pronto el chofer advirtió que en Santiago se estaban formando grandes nubosidades. ¿Llegarían hasta acá? No quise pensar mucho en eso.
Hasta que llegamos a El Colorado. Una vez abajo, comencé a tomar fotografías, mientras Fran reportaba nuestro feliz arribo. Descubrí rápidamente que estando al sol, no se sentía frío. De modo que nos instalamos en unas mesas al aire libre, con vista a los andariveles. Estaba realmente repleto de esquiadores. Me dieron ganas de tomar un café, pero mil pesos por un mugroso Nescafé me pareció un robo. Pronto me di cuenta que todo lo que se vendía costaba el doble que en Santiago. Fue buena idea haber traído alimentos.
Las nubes comenzaron a subir. Rápidamente seguí tomando fotos. Hasta que empezó a nublarse.
Adelantamos nuestro "almuerzo". Sin embargo, ya sin sol, decidimos entrar a refugiarnos.
Pasaba el tiempo, y afuera la situación se ponía peor. De pronto se perdió de vista la punta de la montaña, hasta que llegó una neblina. Y comenzó a nevar.
Faltaba mucho para las 17, que era la hora de partida del transporte. Salí al balcón a tomar fotos. Estaba muy frío. Tuve que entrar. Y pedir un café. Afuera los esquiadores seguían encaramándose a las telesillas.
Hasta que por fin llegó la hora y nos subimos al minibus. En ese momento sólo pensábamos en el fin de nuestra aventura y volver pronto. Sin embargo, la real aventura recién comenzaba...
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Aventura en la cordillera nevada I
El miércoles pasado hice mi primer viaje a Farellones en invierno. Fui con Fran, que ya había estado antes en esos lugares.
Hace años que acariciaba la idea de conocer estos centros de esquí. Mi objetivo no sería esquiar, sino que conocer el lugar y por supuesto tomar muchas fotos.
El primer problema a resolver fue el transporte. No podíamos ir en mi auto porque no tengo experiencia en el manejo sobre pavimento con nieve o hielo, sé que es peligroso y a eso sumamos que el camino es una cuesta muy cerrada, entonces lo adecuado sería viajar pagando un servicio de transporte.
Después nos encargamos de los preparativos típicos para un viaje (indumentaria, equipos, comida), y tan sólo faltaba esperar un fin de semana con tiempo soleado arriba.
El 15 de agosto parecía un buen día, el pronóstico del tiempo anunciaba sol con algunas nubes (pero no nublado), y sin indicios de lluvia. Esperamos hasta la noche anterior para verificar los pronósticos y nos preparamos para madrugar, porque el transporte tenía hora de salida a las 8.
Llegamos a la agencia, que ya estaba llena de esquiadores, mayoritariamente extranjeros. Recuerdo que sólo me había faltado comprar guantes (los que había visto en tiendas valían un dineral), pero no me preocupaba mayormente, porque tenía un par de guantes rasca que le iba a pasar a Fran (como yo iba a estar tomando fotos, no podía estar con guantes, y si se me congelaban las manos, me las metería al bolsillo. Afortunadmente mientras esperábamos, apareció un vendedor ambulante ofreciendo lentes y guantes. Los examiné y me parecieron muy decentes y a un precio razonable, así que compramos para los dos. Ya estábamos totalmente equipados.
Partió el minibus camino a Farellones. El día estaba precioso. Un sol radiante y unas pequeñas nubes. Poco a poco aparecieron los cerros, la nieve, y luego las montañas. Un espectáculo que valía la pena disfrutar. Y todavía no comenzaba la cuesta.
Hace años que acariciaba la idea de conocer estos centros de esquí. Mi objetivo no sería esquiar, sino que conocer el lugar y por supuesto tomar muchas fotos.
El primer problema a resolver fue el transporte. No podíamos ir en mi auto porque no tengo experiencia en el manejo sobre pavimento con nieve o hielo, sé que es peligroso y a eso sumamos que el camino es una cuesta muy cerrada, entonces lo adecuado sería viajar pagando un servicio de transporte.
Después nos encargamos de los preparativos típicos para un viaje (indumentaria, equipos, comida), y tan sólo faltaba esperar un fin de semana con tiempo soleado arriba.
El 15 de agosto parecía un buen día, el pronóstico del tiempo anunciaba sol con algunas nubes (pero no nublado), y sin indicios de lluvia. Esperamos hasta la noche anterior para verificar los pronósticos y nos preparamos para madrugar, porque el transporte tenía hora de salida a las 8.
Llegamos a la agencia, que ya estaba llena de esquiadores, mayoritariamente extranjeros. Recuerdo que sólo me había faltado comprar guantes (los que había visto en tiendas valían un dineral), pero no me preocupaba mayormente, porque tenía un par de guantes rasca que le iba a pasar a Fran (como yo iba a estar tomando fotos, no podía estar con guantes, y si se me congelaban las manos, me las metería al bolsillo. Afortunadmente mientras esperábamos, apareció un vendedor ambulante ofreciendo lentes y guantes. Los examiné y me parecieron muy decentes y a un precio razonable, así que compramos para los dos. Ya estábamos totalmente equipados.
Partió el minibus camino a Farellones. El día estaba precioso. Un sol radiante y unas pequeñas nubes. Poco a poco aparecieron los cerros, la nieve, y luego las montañas. Un espectáculo que valía la pena disfrutar. Y todavía no comenzaba la cuesta.
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